LOS HÉROES ANÓNIMOS

Los Héroes Anónimos.

Sucesos. Son los sucesos los que cambian el rumbo de las personas y a la vez, son los sucesos los que perfilan con letrilla negra las páginas de los periódicos. Por lo general, son sucesos desagradables los que se venden como noticia y de cuando en cuando alguna con final feliz. Sin embargo, en estos infames momentos de recesión, llámese crisis, agujero negro, pozo sin fondo y baúl de escoria donde afloran los rastreros y detestables en las primeras páginas —como esa  maleante que pretendía cobrar una pensión vitalicia de 370.000 € y reírse en nuestra jeta y que es redecorada moderadamente como la exdirectora de la CAM— nos muestran cómo efectivamente el país se ha ido a pique por la morralla y la turbamulta que no ama su trabajo, su profesión. Lo de ser honesto ya no se lleva. Ahora mola que te den pan y te llamen tonto, risa burlesca a un lado, mirada de soslayo y a vivir que son dos días. Si hay que despedir a gente, a los de abajo, a los novatos que todavía son ingenuos y no han aprendido el oficio de verdad, el de untar pan con mantequilla mientras estos sufren por conseguir migajas, algunas, de platos sobrantes.

Pero hoy os hablo de sucesos y de héroes. De los que no salen en los periódicos porque no es noticia vendible y porque, realmente, son cosas que ocurren a diario en cualquier ciudad.  Cosas nobles y honestas. ¿Por qué iba a ser noticia algo así? Quizás hoy sería noticia el hombre que mientras hacía su trabajo —cajero de Mercadona—, salió de su puesto corriendo detrás de un ladrón —un asunto de colonias— y el muy ancho de espaldas, lo apresó en mitad de la calle mientras yo cruzaba el paso de cebra. La envestida, a dos metros de mi careta, incluía forcejeo, puñetazo, gritos, «Dame la colonia o te mato» —gruñía el cajero repetidamente. Vamos, una trifulca en toda regla donde sin querer queriendo, asustaron a un niño de tres años y por poco arrollan a una mujer que paseaba con su carrito a su hija pequeña. Ocurrió en Cartagena  en la intersección de la calle Príncipe de Asturias con la de Jiménez de la Espada. En estos días donde  el precio del cobre ha bajado —ya no hay trabajo ni para los ladrones— vemos a diario este tipo de acciones: un tío que se larga corriendo del taxi sin pagar, una anciana a la que le roban el bolso…,  y sin embargo no hacemos nada. A veces,  incluso pensamos: no es mi problema.

Luego llegas a tu casa y reflexionas: imagínate que aquel chorizo con tracas de malas pulgas con pintas de no haberse duchado en cuatro años le encaja una puñalá de cuatro centímetros cerca del bazo mientras el otro intenta quitarle la colonia. ¿Ahora si es noticia, no?  Por suerte no fue así. Por suerte cogí al crío llorando —mi sobrino— y me lo llevé al otro lado de la acera. Por suerte no grabé nada con el móvil pues entonces estas palabras no tendrían valor. Pero también, por suerte, hay gente que sigue amando su profesión. Casualmente estos hechos que cuento ocurrieron el día de los ángeles custodios y, por la mañana repartieron insignias a los agentes de la Policía Nacional, entre fotos y palmaditas en la espalda.

Al cajero de Mercadona, cuyo nombre desconozco, no le hace falta medallas, ni pines, ni insignias. A ese trabajador lo que le hace falta es un ascenso, un puesto fijo, si no lo tiene, y luego, si queréis, le hacemos un monumento entre el pasillo de las verduras y el de los refrescos. Entre el pasillo de los congelados y el de los vinos, «Un Rioja a tu salud», como reconocimiento social. Siempre me quedará la incertidumbre de si yo hubiera sido capaz de haber hecho lo mismo. Al fin y al cabo era una simple colonia —veinte o cuarenta eurillos que no habrían supuesto nada a Mercadona. ¿Merecía la pena jugarse el pellejo por una simple colonia? No lo sé. Imaginaos que hubiese ocurrido otro contratiempo en otro lugar, una playa, por ejemplo. Un niño que se ahoga. Porque lo que vi en sus ojos mientras rodaba por los suelos con el susodicho, fue valor y coraje. Una persona que tiene tan claros sus conceptos morales, que no duda. Actúa. Por eso digo que son sucesos los que nos marcan y algunos con final feliz. Sucesos que ocurren todos los días y en cualquier ciudad. Sucesos que no merecen la pena que sean noticia aunque todos sepamos que deberían serlo. Al menos me complace comprobar que sigue existiendo gente de este calibre. Gente normal, ya saben, héroes anónimos.

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